Escena canina

6 05 2009

En una placita madrileña bajo un fuerte sol de mediodia borbotea el agua en una vieja fuente. Una perra lame alegremente un charco al pie de la fuente. Un chucho llega por una bocacalle.

CHUCHO: (Acercándose, con la vista puesta en la perra, ladra arrogante, galanteando) ¡Guau! ¡Guau!

PERRA: (Con menos entusiasmo) Guau

CHUCHO: (Moviendo la cola al lado de la perra mientras con la lengua fuera jadea) Aah, aah, aah, aah, aah

(La perra muestra su desinterés volviendo el hocico al charco)

CHUCHO: (La olisquea el culo, con la lengua aún más afuera y jadeando más fuerte) AHH, AHH, AHH, AHHH, AHHHH

PERRA: (Con cara de pocos amigos enseña los dientes y gruñe) Grrrrrrrr

CHUCHO: (Que agilmente se pone a dos patas sobre el lomo de la perra, clava su pica en Flandes y emite su ladrido de guerra) ¡GUAUUU!

PERRA: (Se vuelve violentamente y muerde el rabo del perro a la vez que gruñe enfurecida) ¡GRRRRRR!

CHUCHO: (Logra desasirse de la perra, marchándose con el rabo entre las piernas mientras gimotea) Auuuuuu, auuuuuu, auuuuuu

La perra vuelve el morro al charco y reemprende su placentero lameteo.





Saraghina! Saraghina! La rumba, la rumba!

4 04 2009





Homenaje a “Rinconete”

10 12 2008

Ya que ayer homenajeamos a Pablo Iglesias, yo hoy hago lo propio con otro socialista que me resulta más cercano. Un socialista que como tantos otros sufrió la dureza de la guerra, el hambre y pobreza durante la larga postguerra. Un socialista que al fin pudo descorchar la botella tanto tiempo guardada aquel 20 de noviembre de 1975 y que finalmente, murió también un 9 de diciembre. Homenaje a Manuel Pascual Raigosa, mi abuelo, para el que me sirvo del siguiente fragmento del escritor Diego San José, con el que se cruzó en prisión.

Rinconete y Cortadillo.

“Una mañana nos vino una ráfaga popular de alegre y desenvuelta cepa madrileña. Dos chavales, arriscados y dicharacheros, nacidos y criados a la sombra del héroe de Cascorro, que no hubieran hecho mal papel en el inmortal y revuelto patio de Monipodio.

Las credenciales policiacas que entrambos traían no eran políticas ni casi comunes. Cuñados morganáticos, habían tenido “unas palabras” con un tabernero jaque y bravucón, y entre los dos le habían abierto un respetable chirlo en la sesera, por donde -como dijo Don Ramón de la Cruz- podían salir a misa las Potencias. En cuanto a la ideología política y social, lo mismo les daba a ellos que mandase en España el Moro Muza o “Perico el de los Palotes”. Y pudiendo vivir su vida – que no era, precisamente, la de San Francisco de Asís- todo iba a pedir de boca…

En un principio -como acontecía con todo nuevo compañero de hospedaje, hasta no conocerle a fondo- los miramos con recelo, y así la “radio”, cuando ellos se aproximaban, suspendía su alentadora emisión…

Pero los tales -que tenían la viveza ratonil de los golfillos de pura sangre madrileña, diéronse cuenta de nuestra desconfianza, y viendo que les convenía estar a bien con los que no sabían por cuanto tiempo iban a ser sus compañeros, diéronse a desvanecer nuestros recelos…

Paco y Manolo -que tales eran sus nombres- resultaron dos buenos chicos, sobre todo, el último que era el más joven y miraba a su hermano político como mayor de edad, saber y gobierno…

Pronto se hicieron a la vida y costumbres de nuestro ambiente y hasta mostraron más complacencia en asistir a las lecturas de mis comedias, en las tardes domingueras que al bureo flamenquista del patio.

Al saber que había una novela que se titulaba como a ellos les llamábamos -remoquete que aceptaron sin la menor molestia- Manolo, que era el más “intelectual” de los dos, quiso conocerla, y yo, que tenía allí las “Novelas ejemplares” se la proporcioné. Y era de ver al despabilado chulillo, en un rincón del patio o sentado en su petate, mano a mano con la admirable joya cervantina.

Desvivíase por traernos periódicos y noticias cogidas a vuelo en el locutorio y en el rastrillo. La “prensa” se la proporcionaban los soldados del destacamento, y con los que hago pronto amistades.

La alegría de “Rinconete” llevaba sus eflubios optimistas a todos los rincones de la prisión. Penetraba en la enfermería, aromando la triste nostalgia de los enfermos. Desarrugaba el ceño de los funcionarios más reglamentarios y distraía la vigilante guardia de los centinelas en los pasillos y las puertas de las salas.

No toleraba que Virgilio ni yo bajásemos al patio a recoger los paquetes, cuando llegaba la hora de la distribución de éstos, y mucho menos que fuésemos por agua ni fregásemos los platos, como en órden del buen presidiario hacía cada cual.

Era enemigo irreconciliable de los “chivatos” – plaga y lacra de toda la cárcel- y se daba su gentil manía para espantarlos de nuestro alrededor.

En cuanto a “Cortadillo” -buen muchacho también aunque un tanto violento, incapaz de sufrir ancas de nadie- era preciso domarle a fuerza de cigarrillos.

Un día, enfermó de bastante cuidado, tanto, que la Dirección se creyó en el caso de enviarle al Hospital del Rey, y hasta que llegó el momento de que fuese a llevárselo una ambulancia, Rinconete se constituó en su enfermero pasándose las noches a la cabecera, sin pegar ojo. Una hermana de la caridad no lo hubiese hecho con más esmero y abnegación.

Cuando llegó el día de llevarse a su compinche y casi cuñado, le mudó de ropa y atendió a tenerlo listo para la mudanza. Pidió permiso -que le fue concedido por el Director- para acompañarle hasta el último rastrillo. Al volver, tenía los ojos llenos de lágrimas, y hasta que no supo que aquel estaba mejor, no volvió la alegría a su rostro…

Al cabo de veinte días -aunque no curado del todo- vimos entrar a “Cortadillo” en la sala, con lo cual “Rinconete” recobró por completo su buen talante.

Como el delito de entrambos no era político, y su víctima curó pronto de las heridas, un día, cuando menos lo esperaba, llegoles la libertad, y cual cautivos, repartieron abrazos y donaires por doquier y recogiendo cartas y recados, los cuales -a pesar de la dificultad para escamotearlos del cacheo inevitable- llegaron felizmente a su destino.

Prometieron muy formalmente tenernos al tanto de sus aventuras… pero, no volvimos a saber de ellos.”

Diego San José, De cárcel en cárcel.





Xenakis

28 09 2008

Me descubrieron ayer la obra del compositor Iannis Xenakis y no puedo menos que compartir esta nueva adquisición con todo aquel que pase por aquí.





Esperando al M-2

22 09 2008

Un otoño puntual ha llegado a Madrid dejando un húmedo aroma ideal para pasear. Paseando entonces, estuve unas horas, callejeando y descubriendo nuevos rincones de la ciudad. Entumecidas ya las piernas y movido por la curiosidad me puse en la parada de uno de esos nuevos microbuses, esperando pasara pronto y me dejara cerca de mi próximo autobús. Uno de ellos se acacaba de ir e informaba la parada que el próximo pasaría entre 14-18 minutos más tarde.

En aquella parada se inició una conversación que comenzó como tantas otras típicas conversaciones de parada, un anciano se quejaba”¡Cuánto tarda!, ¿Quedará mucho?”. Enseguida empezó a hablarme del recorrido del pequeño bus, y el de su hermanito el M-1, el cual a su parecer pasaba más a menudo y además a él le pillaba muy bien. No era el caso del M-2, que tan solo cogía por curiosidad y ver el trayecto. Este anciano resultó ser un experto en autobuses y energías limpias. Pronto estaba informado del funcionamiento de las baterías de estos microbuses y los de otra linea, no del todo eléctricos, si no con un sistema mixto. Los tiempos nos obligaron a hablar de la subida del petroleo, la repercusión de la subida en los precios del transporte y la idoneidad de la utilización de estas alternativas, limpias y baratas. Establecido ya cierto punto de confianza y complicidad, me dijo:

-”Voy a contarte algo, ¿ves ese edificio de ahí enfrente?”

Aquel edificio de ahí enfrente no era otro que el Círculo de Bellas Artes, “Casino de Bellas Artes”, del que me informó que su arquitecto fue Antonio Palacios. Arquitecto del cual teniamos cerca, en la calle Barquillo con Gran Vía, la que fue sede del Banco Central (hoy sede del Instituto Cervantes) “con esas bellas columnas y las cariátides” y abajo como podiamos ver el Palacio de Telecomunicaciones “construido pensando en vertical y no en horizontal”. Pasando de los exteriores pasamos a los interiores, mas concretamente a los ascensores del Círculo, no los empotrados de hoy día, si no los de cristal que antiguamente se situaban en el hueco que hace la escalera. Nuevamente volvimos a las diferentes formas de propulsión, en este caso no del pequeño bus, si no de ascensores. Resulta que hubo en Madrid ascensores que subían con la presión del agua del Canal (¿privatizado proximamente?). Subían éstos bastante despacio al parecer, tras subir a una plataforma, cerrarlo manualmente y accionar una palanquita, pero no tan despacio como otro muy antiguo, situado en un palacio en la calle Atocha.

Con estos ascensores estábamos cuando llegó el M-2 (bastante mas cerca de los 18 que de los 14 minutos). En el camino hizo gala del excelente callejero mental que impreso debía tener en la mente y con un “hasta luego caballero” me despedí de tan grato encuentro.

La primera moraleja del encuentro es: Hagamos caso a esas fuentes de conocimiento y experiencia que son nuestros ancianos, muchas veces deseando entablar una conversación con cualquiera que quiera escucharlos. La segunda moraleja es clara.. ¡utilicemos el transporte público!