Ya que ayer homenajeamos a Pablo Iglesias, yo hoy hago lo propio con otro socialista que me resulta más cercano. Un socialista que como tantos otros sufrió la dureza de la guerra, el hambre y pobreza durante la larga postguerra. Un socialista que al fin pudo descorchar la botella tanto tiempo guardada aquel 20 de noviembre de 1975 y que finalmente, murió también un 9 de diciembre. Homenaje a Manuel Pascual Raigosa, mi abuelo, para el que me sirvo del siguiente fragmento del escritor Diego San José, con el que se cruzó en prisión.
Rinconete y Cortadillo.
“Una mañana nos vino una ráfaga popular de alegre y desenvuelta cepa madrileña. Dos chavales, arriscados y dicharacheros, nacidos y criados a la sombra del héroe de Cascorro, que no hubieran hecho mal papel en el inmortal y revuelto patio de Monipodio.
Las credenciales policiacas que entrambos traían no eran políticas ni casi comunes. Cuñados morganáticos, habían tenido “unas palabras” con un tabernero jaque y bravucón, y entre los dos le habían abierto un respetable chirlo en la sesera, por donde -como dijo Don Ramón de la Cruz- podían salir a misa las Potencias. En cuanto a la ideología política y social, lo mismo les daba a ellos que mandase en España el Moro Muza o “Perico el de los Palotes”. Y pudiendo vivir su vida – que no era, precisamente, la de San Francisco de Asís- todo iba a pedir de boca…
En un principio -como acontecía con todo nuevo compañero de hospedaje, hasta no conocerle a fondo- los miramos con recelo, y así la “radio”, cuando ellos se aproximaban, suspendía su alentadora emisión…
Pero los tales -que tenían la viveza ratonil de los golfillos de pura sangre madrileña, diéronse cuenta de nuestra desconfianza, y viendo que les convenía estar a bien con los que no sabían por cuanto tiempo iban a ser sus compañeros, diéronse a desvanecer nuestros recelos…
Paco y Manolo -que tales eran sus nombres- resultaron dos buenos chicos, sobre todo, el último que era el más joven y miraba a su hermano político como mayor de edad, saber y gobierno…
Pronto se hicieron a la vida y costumbres de nuestro ambiente y hasta mostraron más complacencia en asistir a las lecturas de mis comedias, en las tardes domingueras que al bureo flamenquista del patio.
Al saber que había una novela que se titulaba como a ellos les llamábamos -remoquete que aceptaron sin la menor molestia- Manolo, que era el más “intelectual” de los dos, quiso conocerla, y yo, que tenía allí las “Novelas ejemplares” se la proporcioné. Y era de ver al despabilado chulillo, en un rincón del patio o sentado en su petate, mano a mano con la admirable joya cervantina.
Desvivíase por traernos periódicos y noticias cogidas a vuelo en el locutorio y en el rastrillo. La “prensa” se la proporcionaban los soldados del destacamento, y con los que hago pronto amistades.
La alegría de “Rinconete” llevaba sus eflubios optimistas a todos los rincones de la prisión. Penetraba en la enfermería, aromando la triste nostalgia de los enfermos. Desarrugaba el ceño de los funcionarios más reglamentarios y distraía la vigilante guardia de los centinelas en los pasillos y las puertas de las salas.
No toleraba que Virgilio ni yo bajásemos al patio a recoger los paquetes, cuando llegaba la hora de la distribución de éstos, y mucho menos que fuésemos por agua ni fregásemos los platos, como en órden del buen presidiario hacía cada cual.
Era enemigo irreconciliable de los “chivatos” – plaga y lacra de toda la cárcel- y se daba su gentil manía para espantarlos de nuestro alrededor.
En cuanto a “Cortadillo” -buen muchacho también aunque un tanto violento, incapaz de sufrir ancas de nadie- era preciso domarle a fuerza de cigarrillos.
Un día, enfermó de bastante cuidado, tanto, que la Dirección se creyó en el caso de enviarle al Hospital del Rey, y hasta que llegó el momento de que fuese a llevárselo una ambulancia, Rinconete se constituó en su enfermero pasándose las noches a la cabecera, sin pegar ojo. Una hermana de la caridad no lo hubiese hecho con más esmero y abnegación.
Cuando llegó el día de llevarse a su compinche y casi cuñado, le mudó de ropa y atendió a tenerlo listo para la mudanza. Pidió permiso -que le fue concedido por el Director- para acompañarle hasta el último rastrillo. Al volver, tenía los ojos llenos de lágrimas, y hasta que no supo que aquel estaba mejor, no volvió la alegría a su rostro…
Al cabo de veinte días -aunque no curado del todo- vimos entrar a “Cortadillo” en la sala, con lo cual “Rinconete” recobró por completo su buen talante.
Como el delito de entrambos no era político, y su víctima curó pronto de las heridas, un día, cuando menos lo esperaba, llegoles la libertad, y cual cautivos, repartieron abrazos y donaires por doquier y recogiendo cartas y recados, los cuales -a pesar de la dificultad para escamotearlos del cacheo inevitable- llegaron felizmente a su destino.
Prometieron muy formalmente tenernos al tanto de sus aventuras… pero, no volvimos a saber de ellos.”
Diego San José, De cárcel en cárcel.